Doña Lucrecia
Martha Marroquín
Doña Lucrecia la llamaban
la distinguida señora
gran respeto le mostraban
fue nuestra abuela querida
mamá-grande preferida.
Vivía en agradable casa
en pueblo norteño vivía
y en veranos calurosos
nietas y nietos gozosos
jugábamos divertidos
entre macetas de helechos,
y terrazas de altos techos.
Era de decir refranes
para darnos buen consejo,
también gustaba canturrear,
canciones viejas recordar,
solfeando las recitaba
con gracia nos enseñaba.
Esmerada en la limpieza,
de su persona y entorno
ropa sencilla, impecable,
daba siempre porte amable.
Vestidos confeccionaba
en su máquina de coser
la Singer, tradicional
de los pedales impulsar,
y atenta yo la miraba
con mis pies la imitaba
el ritmo y compás de zigzag.
Abuelita ¿por qué fumas?
pregunté con curiosidad
con la sonrisa en sus labios
en suave voz respondió:
son las penas hija mía
quiero el humo las consuma
y del alma olvidar.
Mis ojos ya no te ven,
pero mi corazón siente
aquí doy mi parabién
para servir de puente
entre memoria y presente.
Como tú sabías decirnos
las obras son los amores
y no las buenas razones,
mamá-grande tus honores
van aquí con muchas flores
tus enseñanzas no olvido
y tu ejemplo va conmigo.

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