Érica Garay: Tal para cual

 

Tal para cual

 

Érica Garay

 

Polisemio no era feliz, acarreaba su tristeza por todos lados. Cuando llegaba parecía que se ocultaba el sol. Pobre hombre, siempre melancólico. Cargaba su angustia desde hacía mucho tiempo.

 

En la secundaria, cuando le dio por usar las palabras como si fueran cosa suya, a todos pareció muy rara su manera de preguntar: ¿Sabían que la voz cátedra puede significar nueve cosas diferentes? ¿Habías notado que errar suele ser un error, desacierto, equivocación o yerro? Empezaron a dejar que hablara solo, pero eso no lo entristeció.

 

Tampoco fue la manera en que encontró un sobrenombre. Estaba en primero de primaria y todavía le llamaban Policarpio, como dice la boleta de bautizo. La primera vez que utilizó un diccionario fue tal su emoción que olvidó salir al sanitario y mojó sus pantalones. Todos se reían de él: ¡Poli se mio! ¡Poli se mio! Además de pedir a los burlones un par de planas de “se dice meó”, su maestra dijo que Polisemio era un nombre adecuado para alguien que gustaba de las palabras y que era tan listo como él. A Policarpio le pareció genial y empezó a firmar como Polisemio. No, eso no le causó ni pizca de tristeza.

 

Polisemio amaba el lenguaje, leía con fruicción y paladeaba las palabras hasta encontrar en cada una su propio sabor. Ese truhán, mentecato, granuja, pícaro y bellaco no merece hablar en castellano, se lamentaba al oír alguien malhablado. Señora, me ha dado un empellón, se quejó en el camión que lo llevaba a la oficina. Es lo que quisieras, pelado, seguido de un golpe propinado con una bolsa que parecía de hierro, fue lo que obtuvo por respuesta. Qué estulticia la del Presidente; tanta mentecatada, tanto dislate y memez, abruman, comentó en la reunión familiar un domingo. Nadie entendió lo que dijo y pasaba lo mismo frecuentemente. Que muy pocos supieran el significado de fárrago, ósculo o desbarrar, le ponía enfermo. De ahí brotaba su amargura.

 

Después de ser maestro de literatura, bibliotecario municipal y cuentacuentos en la plaza, consiguió empleo de cartero, modo más eficiente de llevar sus queridas palabras a muchas personas. Cartas inmaculadas, mensajes misteriosos, paquetes estrambóticos, llegaban a manos del destinatario envueltos en el amor de Polisemio. Entre más grande el sobre, más entusiasmo ponía al entregarlo. Y fue así que le encomendaron entregar un paquete cubierto de papel de seda; como era translúcido podía verse el contenido: un diccionario de sinónimos. Polisemio se sorprendió, no era común enviar diccionarios por correo y menos envueltos de manera tan delicada. Se fijó en el remitente: Ana D. Y en un arrebato de curiosidad, subió a la bicicleta amarilla del reparto y voló hacia la dirección anotada en la etiqueta.

 

Tocó la puerta, adornada con un maravilloso cartel que decía: Clases de gramática. Una mujer joven, que parecía un ave pequeñita, fue quien abrió. Diga, manifieste, declare, recite qué es lo que se le ofrece, formuló cuando lo vio. Polisemio, al escucharla, sintió que algo parecido a la corriente eléctrica atravesaba, cruzaba, traspasaba y recorría su cuerpo; al entregar el diccionario, sólo pudo murmurar: su paquete fue devuelto, no hubo quién lo recibiera. La mujer miró con tristeza (al paquete, no a Polisemio), y en voz aún más baja que la del sorprendido cartero, susurró: es por demás, te quedarás conmigo. Y con la mano desocupada arrancó el anuncio de las lecciones de gramática. Al notar que Polisemio miraba con ojos de plato, explicó: ayer renuncié a mi puesto de profesora de gramática, seré bibliotecaria en el Ayuntamiento.

Policarpio sonrió de oreja a oreja. Tal vez si…

Sí, tal vez.








 

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