La ciudad de las estrellas
Luz Elena Sandoval Rosas
Entre árboles tupidos de hojas sedosas,
viven los seres de sueños profundos y voces cantoras. Apartado refugio de
nómadas que siguiendo una señal fundaron una ciudad hace casi tres mil años.
Eras de poder transcurrieron entre lucha y
sacrificios, cansados de tanta sangre, en las estrellas descubrieron su
destino: ser guardianes de la tierra en que han crecido. Desde entonces se han
escondido; de conquistas y de credos extranjeros se han librado.
Sus riquezas de oro y gemas han escondido,
nada que anhelen los ambiciosos aventureros puede ser encontrado, ni en sus
casas, ni en sus templos. Custodiados por volcanes, gigantes que duermen
mientras la paz viva entre ellos; La profecía ha dicho que cuando olviden su
mandato de cuidadores, los gigantes se irán y desvalidos estarán.
Sus casas tienen techos de espejo,
reflejos que los esconden de las pesadillas del mundo. Calzadas de rosa cantera
dibujan la cuadrícula perfecta de la ciudad, los templos prevalecen, pero no
son sitios de cultos, sino de observación de las estrellas, porque con ellas
consultan sus decisiones. Consejos de sabios astrónomos escudriñan los cielos
todas las noches, han desarrollado ciencias exactas desde su sistema vigesimal.
Mujeres y hombres por igual estudian en
las escuelas de la ciudad, son pequeños edificios con grandes jardines y altas
torres de observación, construidos con materiales firmes y de delicada
presencia con escaleras de caracolas que parecen elevarse eternas hasta el
cielo, no están cercadas las escuelas por muros sino por altos arbustos de
huele de noche, que
perfuman las reuniones de los poetas en
las plazas. Las hay por toda la ciudad, porque ya se sabe que sin poesía no hay
ciudad verdadera.
El agua abunda, regalo generoso de los
lagos y los ríos que la circundan, arcos de piedra han construido desde su
llegada, con ellos abastecen a toda la ciudad, un eterno rumor de agua fluyendo
arrulla el sueño de los habitantes y serena sus mentes hasta el alba.
Si acaso la encuentras mientras caminas
entre árboles inmensos e infinitos, te franquearán la entrada. Pasarás un par
de días en que solo verás al consejo de mujeres y hombres sabios; si eres
juzgado como persona de bien te permitirán andar a tu aire, incluso tú podrás
decidir si quedarte quieres. Pero si eres descalificado, te ofrecerán una
deliciosa comida, preparada con hongos del bosque, caerás en un sueño muy
profundo y despertarás muy, muy alejado, creyendo que todo ha sido un hermoso
espejismo y nunca volverás a encontrar el camino para volver a ella.
Yo que la he conocido, he decidido
marcharme, tal vez por estupidez, acaso por cobardía. Convencido estoy de lo
bien que se vive en ella, pero no estoy seguro de poder hacerla mi tierra,
después de haber vagando por tanto tiempo. Y quien sabe si podría encontrar de
nuevo el camino hacia la Ciudad de las estrellas.

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