¿Qué es la felicidad?
Mabel Ríos Graterol
Pensaba que sabía lo que era la felicidad, ya
había vivido momentos alegres, junto a los suyos, vacaciones divertidas con
gran parte de su familia reunida, comían, paseaban y hasta bailaban. Sentía que
era feliz con sus amigos, reían juntos, disfrutaban de sus actividades, y sí,
tenía un hogar, familia, amigos, estudiaba y todo eso junto parecía la
felicidad. Luego, supo realmente que lo era, cuando una noche que parecía como
otras, pero se sentía diferente, precedió a una mañana que empezó demasiado
temprano; sonó el teléfono, a deshoras, como suele pasar con las malas
noticias. De momento, no sabía cómo reaccionar, que pensar, que sentir; más que
la angustia de imaginar que todo iba a cambiar.
Y si, todo cambió, así de la
noche a la mañana, se acabaron las certezas, el piso se desplomó, y había que
asirse de las paredes, y esperar a que lanzaran las sogas, aunque fueron unos
minutos, se sintieron eternos, mientras miraba hacia arriba en la espera. Pero
llegaron, y un inmenso sentimiento de gratitud, apaciguó la desesperanza. No
estaba en soledad, había otros, que se preocuparon y se ocuparon de ayudar.
Pasado un tiempo, se construyó
un nuevo modelo, la nostalgia de lo que había sido y pudo ser, estaba ahí, pero
ya no dolía. Siguió adelante, porque aún tenía mucho por hacer, y pudo hacerlo
con alegría, nuevos retos, otras experiencias, y alcanzó sus logros. Nuevamente
estaba feliz, tanto, que atrajo una ilusión de futuro, la posibilidad de una
compañía mágica, una cierta idea de placer, con quien vivir la “felicidad” de
ahí en adelante. Se dejó llevar totalmente por ese encantamiento, aferrándose a
que ese sentimiento que le cegó por un tiempo, pero algo le decía que no era
real, que le estaba dando más fuerza de la que realmente tenía. Y sí, alcanzó a
escucharse, su voz le decía que estaba en una telaraña, en la que sino empezaba
a salir con cuidado, perecería.
Dolorosamente salió, rompió
los hilos, pero le quedaron heridas, por un tiempo, sus ojos no resistían ver
la luz del sol, ese que no se compadecía de su tristeza. Y necesitó refugiarse,
en los suyos, esos que seguían ahí, a su lado, que no le abandonaron cuando se
adentraba en la telaraña, estuvieron ahí para socorrerle cuando pudo escapar.
Le vieron llorar y le abrazaron, le vieron derrumbarse y le alzaron. Un día,
pudo volver a mirar el amanecer con alegría.
Esta tormenta, le hizo virar a
otros rumbos, y el azar que no tiene nada de azaroso, le concedió un deseo de
infancia, emprender una vida independiente. Viajar sin compañía, vivir sin
compañía, su propio hogar, cuidarse sin tener a nadie al lado. Claro que
familia y amigos seguían ahí, en la distancia, pero ahora era responsable
totalmente de sus días y noches. Fue un alto en el camino, una tregua, que le
demostró cuanto había aprendido, de que era capaz, le llevó a entender otras
formas de disfrutar la vida, sin nadie más, a cuidarse, a quererse, a sentir el
amor hacía si, a procurarse la alegría, preparando su café, atendiendo su
hogar, cuidando su cuerpo y su mente. Y nuevamente sintió la felicidad.
Entonces se preguntó, ¿qué es
la felicidad?, pues ya no pensó que era esa época en la que nada parecía
alterarle, sino justamente, ese alivio de saber que sin importar lo que suceda,
encontraría una mano extendida para ayudarle a seguir, una mirada compasiva o
un hombro en el cual recostar su cabeza mientras lloraba.
Vendrían nuevos vientos,
lluvias, días grises; pero seguiría cultivando esos lazos, que sabía eran su
fortaleza; sí, amaba la soledad, pero nunca la sintió, nunca dejó de construir
vínculos que estuvieran ahí, siempre cerca.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario