Como un Atlas moderno, ¿quién no ha sentido
sobre sí el peso de todo lo que ocurre? ¿Quién no ha lamentado la enorme carga
de responsabilidades que lleva en hombros?
Frente a la exposición Pax et Bonum de la vida
de San Francisco de Asís del pincel de Antonio de Torres, encuentro un óleo
magnífico donde el autor plasma el sueño premonitorio del Papa Inocencio III:
un pobre fraile andrajoso y desmedrado cargando todo el peso de la iglesia de
San Juan de Letrán, que se encontraba en ruinas. De manera metafórica, el Sumo
Pontífice entendió que Francisco sería el promotor de la recomposición de toda
la Iglesia Católica que atravesaba por momentos complicados. ¡Qué imagen! Un
hombre sencillo, en solitario, asume voluntariamente la enorme responsabilidad
que le confiere su fe; lo hace de modo tal que aún permanece su impronta y su
culto en todo el mundo católico. Ejemplo extraordinario el de San Francisco de
Asís, santo entre los santos.
Entonces, ante tal paradigma, pregunto ¿hemos
asumido de manera consciente nuestros compromisos? ¿Los llevamos con alegría,
con tranquilidad? ¿Nos han adjudicado algunos que no nos corresponden?
A veces resulta imposible rechazar obligaciones
que llegan intempestivas, sin pedirlas. Me viene a la mente el caso de una
mujer de 72 años que asumió la custodia de siete nietos cuyas edades oscilaban
entre los ocho meses y los nueve años, al quedar huérfanos de padre y madre; o
el de la niña de nueve años que, siendo la “mayor”, cuidaba de sus cinco
hermanitos mientras la madre vendía de casa en casa hortalizas
cultivadas por ella misma. Ahí no hay nada qué
argumentar, se trata de la vida y sus desperfectos, de la entropía de Rudolf
Clausius.
Pero ocurre que algunos caminamos sin
reflexionar en la cantidad de compromisos que asumimos cada vez que elegimos
hacerlo, porque a veces es así, no sabemos negarnos cuando se nos requiere;
tampoco meditamos sobre los sentimientos que nos genera el realizarlos. Los
psicólogos manejan diversos motivos para este comportamiento; explican que
puede ser falta de asertividad y/o autoestima, sentimientos de culpabilidad,
miedo a las consecuencias de no cumplir o hasta la autoconcepción de ser una
mala persona.
Detenernos a pensar en cuáles son nuestras
responsabilidades reales, porqué lo son, hasta dónde debemos llegar, qué
pasaría si no cumplimos con tal o cual, tal vez podrían clarificar lo que
realmente corresponde hacer y, asimismo, podríamos entender qué es lo que tanto
nos pesa, qué cosas no tenemos ni queremos llevar a cuestas y, en el mejor de
los casos, soltar lastre.
Termino con una pregunta: vivir sin culpas y
llevar con libertad, con paz y bien, sólo aquello que nos corresponde, ¿es
utópico?

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