Érica Garay: Pax et Bonum

  

Como un Atlas moderno, ¿quién no ha sentido sobre sí el peso de todo lo que ocurre? ¿Quién no ha lamentado la enorme carga de responsabilidades que lleva en hombros?

 

Frente a la exposición Pax et Bonum de la vida de San Francisco de Asís del pincel de Antonio de Torres, encuentro un óleo magnífico donde el autor plasma el sueño premonitorio del Papa Inocencio III: un pobre fraile andrajoso y desmedrado cargando todo el peso de la iglesia de San Juan de Letrán, que se encontraba en ruinas. De manera metafórica, el Sumo Pontífice entendió que Francisco sería el promotor de la recomposición de toda la Iglesia Católica que atravesaba por momentos complicados. ¡Qué imagen! Un hombre sencillo, en solitario, asume voluntariamente la enorme responsabilidad que le confiere su fe; lo hace de modo tal que aún permanece su impronta y su culto en todo el mundo católico. Ejemplo extraordinario el de San Francisco de Asís, santo entre los santos.

 

Entonces, ante tal paradigma, pregunto ¿hemos asumido de manera consciente nuestros compromisos? ¿Los llevamos con alegría, con tranquilidad? ¿Nos han adjudicado algunos que no nos corresponden?

 

A veces resulta imposible rechazar obligaciones que llegan intempestivas, sin pedirlas. Me viene a la mente el caso de una mujer de 72 años que asumió la custodia de siete nietos cuyas edades oscilaban entre los ocho meses y los nueve años, al quedar huérfanos de padre y madre; o el de la niña de nueve años que, siendo la “mayor”, cuidaba de sus cinco hermanitos mientras la madre vendía de casa en casa hortalizas

 

cultivadas por ella misma. Ahí no hay nada qué argumentar, se trata de la vida y sus desperfectos, de la entropía de Rudolf Clausius.

 

Pero ocurre que algunos caminamos sin reflexionar en la cantidad de compromisos que asumimos cada vez que elegimos hacerlo, porque a veces es así, no sabemos negarnos cuando se nos requiere; tampoco meditamos sobre los sentimientos que nos genera el realizarlos. Los psicólogos manejan diversos motivos para este comportamiento; explican que puede ser falta de asertividad y/o autoestima, sentimientos de culpabilidad, miedo a las consecuencias de no cumplir o hasta la autoconcepción de ser una mala persona.

 

Detenernos a pensar en cuáles son nuestras responsabilidades reales, porqué lo son, hasta dónde debemos llegar, qué pasaría si no cumplimos con tal o cual, tal vez podrían clarificar lo que realmente corresponde hacer y, asimismo, podríamos entender qué es lo que tanto nos pesa, qué cosas no tenemos ni queremos llevar a cuestas y, en el mejor de los casos, soltar lastre.

 

Termino con una pregunta: vivir sin culpas y llevar con libertad, con paz y bien, sólo aquello que nos corresponde, ¿es utópico?





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