Tosigo diminuto que nos arrodillo, ante el
confinamiento escuchamos un silencio inusual, mismo que al unísono nos hizo
cantar ante una hecatombe compartida por la humanidad.
Atenazados por la pandemia, atrapados en un
cenagoso malestar, más que nunca por nuestras puertas y ventanas entro campante
la fragilidad. Aun con miedo y estupor asirnos del arte y la naturaleza fue
nuestra salvación.
En el mutismo escuchamos sonidos tan nítidos…el
trinar de las aves, el murmullo de los árboles y el viento, el golpeteo de la
lluvia, nieve.
Como Fonchito1 la luna pudimos bajar y las
estrellas tocar.
En ese reposo que al planeta le dimos los
animales volvieron a ocupar su hogar en las aguas y en las tierras que el
humano les ha vedado desde tiempo atrás. Los famosos delfines que cantaron y
bailaron en los canales de Venecia en aguas de cristal, en esa quietud de una
ciudad atrapada siempre por el bullicio del turismo mundial.
La gente se aferró a los libros, avizoró otros
mundos y vidas posibles. La música irradio paz. Pero si hay un lugar por donde
nuestra vulnerabilidad puede caminar es la poesía que nos permite crear
imágenes para sanar. Poesía antídoto contra la desesperanza. “Islas y Puertos”
sin duda aserto salvador.
Cuando volvimos a la “normalidad” y los
animales al confinamiento una vez más quedo claro que el principal depredador
es el hombre y no dará marcha atrás. Parece que no aprendimos nada.

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