Por sus venas corría sangre de poeta. Su padre
era un destacado profesor de música que, aparte de tocar varios instrumentos
musicales, escribía bellas canciones. Como hija primogénita era admiración para
sus hermanos, paz para su madre y un reflejo para su padre. A finales de
noviembre muy temprano, su padre la llevó a la estación del tren, lo habían
contratado para tocar en la ceremonia de Cristo Rey. Fué la primera vez que
salió sola con su padre fuera del entorno familiar.
En la estación su padre caminaba cual estrella
de cine; boleteros, barrenderos, maleteros y hasta los vendedores de dulces lo
saludaban con mucho respeto. -Maestro buenos días, que gusto saludarlo- le
decían quitándose el sobrero. Orgullo y un poco de celos era lo que ella
sentía.
Por la tarde, ya en el tren camino a Silao, su
padre sacó la guitarra y comenzó a cantar, todos los pasajeros lo rodearon,
cantaban,
aplaudían y le pedían una que otra canción.
Ella se sentía feliz.
El viaje de Dolores Hidalgo a San Diego de la
Unión a casa de los abuelos no fue ten placentero, el camión era “pollero”,
viajaban en el un montón de personas con animales, desde gallinas, palomas,
patos, pericos y hasta un cerdito. Pero lo peor era una chiva gorda que ocupaba
todo el ancho del pasillo. Como el camino era de tierra, en cada brinco los
balidos de la chiva la dejaban aturdida. -Chiva apestosa- Pensaba-como le
permiten viajar aquí-. Fue entonces cuando el camión se detuvo, se había
estancado.
Todos bajaron del camión, primero la chiva, por
supuesto. Y mientras los señores hacían maniobras para sacar el camión del
atolladero, la chiva se recostó en la tierra y nació un chivito. Su odio hacia
la chiva se convirtió en ternura.

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