Intentó
Antonieta Raya Zarco
Una tarde nublada de noviembre Amara salió de
prisa, debía llegar al encuentro con su viejo amigo en el café de siempre.
Sin darse cuenta, se encontró ante un enorme
socavón que se abría frente a ella en medio de una enorme plaza completamente
vacía. Intentó esquivar la profunda grieta que se abría ante sus ojos.
Le fue imposible dejar de mirar semejante
agujero, le atraía de manera fascinante como se reflejaba majestuosa la
construcción sobre el espejo de agua que se formó por la lluvia.
Se acercó cautelosamente al inmenso hoyo, al
asomarse, escuchó el gemido doloroso de alguien desesperado pedía auxilio, su
lamento era como alma en pena que llevaba largo tiempo sufriendo. Miró a su
alrededor, con desesperación observó la plaza hundida en un silencio sepulcral.
Para su sorpresa, al inclinarse, vio una mano
empapada, crispada, sostenida desesperadamente de una de las orillas del
cemento roto.
Su filosofía de vida le aconsejaba a no
exponerse a tan evidente peligro, sin pensarlo, se arrodilló, intentó jalar con
todas sus fuerzas la mano fría, resbaladiza, huesuda; tratando de ayudar a un
desconocido que había caído en una trampa mortal.
Al agarrar la mano con todas sus fuerzas, no
solo no pudo hacer nada, sino que, perdiendo el equilibrio, cayó de golpe
dentro del oscuro pozo.
Se oyó el eco de dos lamentos que se perdían en
el silencio de lo profundo.
¿Destino o imprudencia?
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