Érica Garay: Salmodio

 

Salmodio

 

Érica Garay

 

Sorteaban la marea de lava, una fuerte resaca provocada por las corrientes vespertinas los alejaba de la costa de diamantes donde estarían a salvo. Urgía llegar, el parto era inminente y venían tras ellos.

Prudente, Artrosco sujetaba con fuerza el remo-espadilla tratando de acelerar la embarcación. El viento olía a narciso, era aterrador. En la proa, Laerke evitaba quejarse, pero sabía que había llegado la hora: iba a ser madre y sería ahí, en esa barca de pétalos de rosa construida en los astilleros antiguos.

Tras ella, el ciego Maulín tampoco hablaba. El blanco de sus ojos parecía traspasar el cuerpo de la futura madre, sólo ella importaba. Posó sus alas en la espalda de la parturienta y empezó a canturrear. Cada nota del salmodio se convertía en luz, una hermosísima luz ambarina que envolvió el cuerpo de la fugitiva. Ella se arqueó y un par de capullos color púrpura brotó de su espalda.

¡Llegamos!, gritó Artrosco triunfante, ¡lo logramos!

Sí, pensó Laerke, lo logramos.





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