Sequía
Érica Garay
Oigo los tordos revolotear alrededor del
granero, apenas empieza a clarear y ya hay muchos a la espera de lo que puedan
conseguir. Se ven igual de tristes que yo. Pondré malla de alambre alrededor
porque la sequía no tiene para cuando terminar.
Con excusas, salí de casa para
no oír el llanto de Benito mientras lo cargaba Marina (siempre me he reído de
su nombre porque mi vieja no conoce el mar). Es el más lindo de los tres
chamacos que tenemos y no habrá bautizo. Me remuerde la conciencia, pero apenas
tengo para la luz, el petróleo de la bomba y la comida. Y el padre Alfonso con
la perorata de que tengamos muchos hijos como si él los fuera a mantener. No sé
qué hacer, la tierra ya no da para mucho y tampoco el pozo. ¿Podré aguantar?
Estoy muy asustado y no se lo he dicho a Marina.
Me gusta estar aquí en la
penumbra, nadie se acerca tan temprano y huele a maíz. Debo pensar si quedarme
aquí o aceptar la oferta de don Julián que me quiere allá en su tienda, dice
que de administrador porque soy honesto y no saldré ratero. Eso sí, nunca he
robado (excepto aquella vez que tomé un peso de plata del morral de mi madre,
¡uy!, así me fue), pero no le he dicho que no sé leer, que las cuentas las hace
mi mujer, que ella es quien se encarga de leer las cartas, de responderlas, de
firmarlas a mi nombre, de todo.
-Acepta el trabajo, ya verás
cómo resuelves lo de las cuentas.
-Nombre, me van a la cara de
pendejo, mejor no.
-Mira cómo andas, vas a acabar
muerto de tanto trabajar y nomás no consigues nada.
-A mí la ciudad me espanta, me
sudan las manos al llegar. ¡Imagínate de encargado!
¡Ah, qué enredo!, ¿cómo puedo
decidir?
Marina está gritando, me
llama. Basta un loco en una casa, mejor me acerco a almorzar.

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