Testigo mudo
Érica Garay
No puedo juzgar como un magistrado, soy sólo un
fraile.
Luzco viejo, pero el viento,
el sol y la lluvia han logrado acabar con mi antigua lozanía. Desde el estrado,
que a mi pesar he compartido cientos de veces, puedo verlo todo. Si supieran lo
difícil que resulta hacerlo sin volverte un cínico o perder la fe.
En contemplación eterna,
permanezco erguido en la parte occidental de la explanada parroquial frente al
jardín principal. Sobresalgo, siempre ahí, cual faro de cientos de turistas que
se acercaran al fondeadero del placer.
He visto pasar multitudes
abigarradas que celebran las fiestas patronales, las fiestas patrias o la vida
misma; es un carnaval eterno.
El día inicia a campanazos
para llamar a misa, y como en las luchas, empieza el primer round de los
empleados del ayuntamiento contra la inmundicia, observando de cerca a los que
apenas se retiran al amanecer. Tris tris de las escobas, tracatraca del camión
repartidor, el ruido ya no para.
Creyéndome un diván, a mis
pies descansaron turistas, peregrinos, migrantes y hasta meretrices. Jóvenes y
viejos han usado el pedestal para tener un palco o conseguir una mejor
fotografía del recuerdo. ¿Me veo bien? ¿Salimos todos?, repiten como si fuera
un mantra.
Yo elegí la vida
contemplativa, pero esto…
Parezco un guardián de los
excesos y soy sólo un fraile en San Miguel.

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