Un mar de cuentos
Érica Garay
Manuelito, siempre ahí, barco de todas las
estaciones. Hoy arboladura reseca; mañana, tal vez chorreante velamen. ¿Cuándo
llegaste? Nadie recuerda. Ahora no imagino la calle sin tu precario correteo
con todo y botes para decir: ¿lavo el coche? Desfachatado y sucio, resaca de
los vecinos que no pidieron llegaras y se quejan de ti. ¿Cuál será tu apellido,
dónde tu puerto?
Margarita, está linda la mar…
¿Acaso sabes, Manuelito, que existe el mar?,
¿quién pudo habértelo dicho? Un océano de tiburones y medusas del que emerges
por la mañana, es el que conoces. Quién sabe si resistas, empiezas a escorar.
y el viento…
Viento, aroma de trementina, barlovento.
Manuelito, pez estulto en la mitad del mar.
lleva esencia sutil de azahar…
¿Qué azar? ¿El tuyo? Elegiste donde recalar, a
otros los lleva el reflujo. Míralos cabecear entre corrientes y calafatear
costumbres para no sumergirse. La pobreza es draga y huele a sal.
yo siento…
No, Manuelito, enervado tú no sientes, eliges
no sentir. En la bitácora no hay notas, no hay días, no hay escollos. Eliges no
sentir.
en el alma una alondra cantar: tu acento…
Balandrajo radiante cuando cantas, ese canto
tuyo que nadie entiende. ¿Qué dice? ¿Por qué estás feliz? Y luego ese letargo
que abruma. Deja el chinchorro del júbilo aparejado aquí, tal vez lo necesites
otro día.
Margarita, te voy a contar un cuento…
Seguro que ya no te los crees. ¡Cuántos habrás
oído, Manuelito!

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