Vida y Orfandad
Frine Hernández Torres
No había necesidad de que ella despertara a los
niños. El cacareo de las gallinas hacía esa labor.
Llegó a esa familia siendo muy joven. Vivía en
la orfandad. Parecía que había encontrado su lugar en la vida junto a esos
niños que llegaron a su tierra en la Sierra Norte de Puebla. Habitando un
espacio que permitía tener aves de corral, maíz, hierbas y flores.
Ella era fresca, de mirada cándida, con manos
ásperas de trabajo pero que se transformaban en suaves caricias. Su cuerpo
pequeño toda una barrera de contención contra todo aquello que pudiera lastimar
a los niños.
-Ya se sabe que también se conquista y se atrae
por el estómago.
Huevos frescos, tortillas del maíz al comal, un
exquisito mole poblano, o chiles en nogada que iban más allá del hambre, un
agasajo al alma. Los niños lo sabían, ella gozaba.
Pasaba momentos en una especie de terraza junto
a sus pequeños y sólo ahí se ensimismaba en sus pensamientos.
Tiempo después había que emigrar a otro estado
y ni tarda ni perezosa partió con ellos. El tiempo siguió su curso con vientos
y suaves brisas, nubarrones, tormentas, así tal cual, la vida.
Una mañana gris ya no estaba, aquellos que ya
no eran niños la buscaron desesperadamente sin éxito. Tiempo después les dijo
que se había ido a un convento. Una sola vez se encontraron y entre otras cosas
ella les pidió encarecidamente que no la buscaran más. Fue como un balde de
agua helada, se le respeto y agradeció tanto como se le amó.
Se fueron destrozados, pero con la esperanza de
que una vez más encontraba su lugar.
Al tiempo del suicidio, solo se hacían
preguntas:
¿Le falto un amor pasional? ¿Amistades? ¿Nunca
supero la orfandad? ¿Y el convento? ¿Y los niños? ¿Qué es la vida?
Bañados en dolor se dijeron dos cosas: que
valor suicidarse y justo donde está “prohibido”. No hay certezas, no nos
pongamos cómodos.
No le hicieron exequias.

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