Érica Garay: El abrigo

 

 

Ella

 

Siempre quiso un abrigo de piel, uno tan blanco como el armiño. Así que ahora lo exhibía con todo el deseo acumulado en décadas de espera; no iba a dejar pasar la ocasión de lucirlo. Lamentó que las calles estuvieran casi vacías. Claro, era de madrugada y el barrio de mala reputación.

 

Caminaba sonriente, con ojos desbordados. Por sus piernas corrían hilillos de carmín que dejaban rastro en las aceras. No vio el horror del portero cuando abandonó el hotel; tampoco escuchó los gritos que provocaba en los pocos peatones que la veían pasar.

 

Las luces y el ruido de la sirena del auto que la detuvo, no la sorprendieron; tampoco la voz amable que le pidió abordar. “Señorita, acompáñenos”, escuchó decir. Subió al vehículo con alegre decisión mientras ceñía su vientre ensangrentado con la blanca prenda que empezaba a rasgarse. Se la llevaron.

 

Él

 

Estaba cansado de llevar una doble vida, los años dejaron su marca y ahora prefería los fines de semana familiares, rutinarios. Estaba decidido a terminar con su relación, ésa que le exigía más pasión de la que le quedaba. Además, ya no podía simular viajes de negocios, su familia empezaba a sospechar. Se lo dijo esa noche.

 

El día anterior se sinceró con su mejor amigo, le confió todo. No entendía cómo una mujer fuerte, bellísima, insaciable, se hubiera interesado en él, hombre común y además casado, cuya única característica particular era tener la piel extraordinariamente blanca. A ella la enloquecía, se lo repetía siempre.

 

Ni siquiera se percató de la daga, fue certera, experta y le quitó la vida en un segundo. Con la piel ya fue distinto.





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