Ella
Siempre quiso un abrigo de piel, uno tan blanco
como el armiño. Así que ahora lo exhibía con todo el deseo acumulado en décadas
de espera; no iba a dejar pasar la ocasión de lucirlo. Lamentó que las calles
estuvieran casi vacías. Claro, era de madrugada y el barrio de mala reputación.
Caminaba sonriente, con ojos desbordados. Por
sus piernas corrían hilillos de carmín que dejaban rastro en las aceras. No vio
el horror del portero cuando abandonó el hotel; tampoco escuchó los gritos que
provocaba en los pocos peatones que la veían pasar.
Las luces y el ruido de la sirena del auto que
la detuvo, no la sorprendieron; tampoco la voz amable que le pidió abordar.
“Señorita, acompáñenos”, escuchó decir. Subió al vehículo con alegre decisión
mientras ceñía su vientre ensangrentado con la blanca prenda que empezaba a
rasgarse. Se la llevaron.
Él
Estaba cansado de llevar una doble vida, los
años dejaron su marca y ahora prefería los fines de semana familiares,
rutinarios. Estaba decidido a terminar con su relación, ésa que le exigía más
pasión de la que le quedaba. Además, ya no podía simular viajes de negocios, su
familia empezaba a sospechar. Se lo dijo esa noche.
El día anterior se sinceró con su mejor amigo,
le confió todo. No entendía cómo una mujer fuerte, bellísima, insaciable, se
hubiera interesado en él, hombre común y además casado, cuya única
característica particular era tener la piel extraordinariamente blanca. A ella
la enloquecía, se lo repetía siempre.
Ni siquiera se percató de la daga, fue certera,
experta y le quitó la vida en un segundo. Con la piel ya fue distinto.

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