Érica Garay: El Siete Suelas

 

Yo fracasé en la vida, ya entendí.

 El día que nací, un 15 de septiembre, mi madre llegó sola a la clínica y sola se quedó. Todos andaban enfiestados en la plaza. La partera llegó justo a la hora en que asomé mi cara chata y contraída. “Tiene el pelo crespo de su padre”, dijo mamá, “siempre va a parecer chayote”. Lo sé porque nunca dejó de repetirlo. Mi llegada al mundo no fue muy exitosa.

 Me criaron con rudeza, sin mimos ni regalos. Entre los gritos alcoholizados de mi padre y la maligna mansedumbre de mi madre no tuve más opción que ser callado, huidizo; vagué por las calles sin que a mi familia le preocupara mucho. Al cumplir seis años tuvieron que llevarme a la escuela. Ahí será distinto, pensé. No imaginé lo que me iba a tocar: maestros rencorosos que despreciaban mi color de piel y las dificultades que tenía para aprender. (La escala de blanco a negro definía tu situación en el aula, tu participación en los eventos escolares, hasta tu asiento, nuevo o no, iba en función de lo clara que fuera tu piel).

 Y-yo-bien-prieto…

 Esto se repitió durante años, un yerro tras otro y nunca, nunca destaqué. Fui ostra transparente para sobrevivir y la desilusión llenó mi corazón de amargura, así que dejé los estudios y comencé a trabajar en la carpintería del maistro Juan. Ahí era igual de ignorante que los demás y aprendí bien el oficio. Por primera vez en años me sentí orgulloso de lo que hacía.

 Las cosas cambiaron cuando empezó a crecerme de forma muy extraña la mano derecha. Estábamos a mediados de mayo y no podía disimular usando guantes. “¿Haces pesas con una sola mano?”, decían a modo de broma en el taller. Evitaba responder porque ni yo sabía qué pasaba. Me asusté cuando empezó a crecerme la barbilla y corrí al dispensario de la farmacia de la esquina para consultar al médico de guardia. “Es acromegalia”, dijo, como si eso me sacara de dudas. Tuve que leer en Google qué rayos era eso.

 Ya estaba, encima de ignorante era un morocho acromegálico.

 No hubo manera de frenar el crecimiento de los huesos de mi rostro, tampoco el de mis manos y pies. Empezaron a llamarme Siete Suelas por el tamaño de las botas que usaba. Parecía que la vida se ensañaba, que otra vez me aporreaba y quería dejarme hecho papilla… pero no fue así, el tiro le salió por la culata.

 No sólo desapareció la amargura que atenazaba mi corazón desde chamaco, sino que dejé de ser invisible. Ahora llamo la atención de los demás, no sólo soy el prieto con pelos de escobeta. Me convertí en el famoso Siete Suelas, el carpintero del taller del maistro Juan que cincela hermosos muebles con sus manos de gigante.

 Fracasé en la vida, sí, pero la acromegalia me salvó.





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