Yo fracasé en la vida, ya entendí.
El día que nací, un 15 de septiembre, mi madre
llegó sola a la clínica y sola se quedó. Todos andaban enfiestados en la plaza.
La partera llegó justo a la hora en que asomé mi cara chata y contraída. “Tiene
el pelo crespo de su padre”, dijo mamá, “siempre va a parecer chayote”. Lo sé
porque nunca dejó de repetirlo. Mi llegada al mundo no fue muy exitosa.
Me criaron con rudeza, sin mimos ni regalos.
Entre los gritos alcoholizados de mi padre y la maligna mansedumbre de mi madre
no tuve más opción que ser callado, huidizo; vagué por las calles sin que a mi
familia le preocupara mucho. Al cumplir seis años tuvieron que llevarme a la
escuela. Ahí será distinto, pensé. No imaginé lo que me iba a tocar: maestros
rencorosos que despreciaban mi color de piel y las dificultades que tenía para
aprender. (La escala de blanco a negro definía tu situación en el aula, tu
participación en los eventos escolares, hasta tu asiento, nuevo o no, iba en
función de lo clara que fuera tu piel).
Y-yo-bien-prieto…
Esto se repitió durante años, un yerro tras
otro y nunca, nunca destaqué. Fui ostra transparente para sobrevivir y la
desilusión llenó mi corazón de amargura, así que dejé los estudios y comencé a
trabajar en la carpintería del maistro Juan. Ahí era igual de ignorante que los
demás y aprendí bien el oficio. Por primera vez en años me sentí orgulloso de
lo que hacía.
Las cosas cambiaron cuando empezó a crecerme de
forma muy extraña la mano derecha. Estábamos a mediados de mayo y no podía
disimular usando guantes. “¿Haces pesas con una sola mano?”, decían a modo de
broma en el taller. Evitaba responder porque ni yo sabía qué pasaba. Me asusté
cuando empezó a crecerme la barbilla y corrí al dispensario de la farmacia de
la esquina para consultar al médico de guardia. “Es acromegalia”, dijo, como si
eso me sacara de dudas. Tuve que leer en Google qué rayos era eso.
Ya estaba, encima de ignorante era un morocho
acromegálico.
No hubo manera de frenar el crecimiento de los
huesos de mi rostro, tampoco el de mis manos y pies. Empezaron a llamarme Siete
Suelas por el tamaño de las botas que usaba. Parecía que la vida se ensañaba,
que otra vez me aporreaba y quería dejarme hecho papilla… pero no fue así, el
tiro le salió por la culata.
No sólo desapareció la amargura que atenazaba
mi corazón desde chamaco, sino que dejé de ser invisible. Ahora llamo la
atención de los demás, no sólo soy el prieto con pelos de escobeta. Me convertí
en el famoso Siete Suelas, el carpintero del taller del maistro Juan que
cincela hermosos muebles con sus manos de gigante.
Fracasé en la vida, sí, pero la acromegalia me
salvó.
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