Nací y crecí en el centro del país. Aquí son
comunes las hermosas iglesias de cantera y las arquerías que mitigan el
brillante sol. Puedes recorrer calles adoquinadas o empedradas, jugar en los
kioskos de los jardines públicos, visitar la Plaza de Armas con un algodón de
azúcar en mano, estudiar en universidades públicas de gran calidad y, no menos
importante, disfrutar del clima templado que solía ser normal en casi toda la
región. Ése era el paisaje urbano, mi entorno particular. La primera vez que
visité una ciudad con distintas características, me pareció que San Miguel de
Allende y San Luis Potosí eran muchísimo más bonitas. Lo sigo pensando.
Cuando llegamos a la capital potosina,
migrantes obligados por el trabajo de mi padre, la ciudad apenas tenía 100, 000
habitantes. No éramos tantos como ahora y las familias solían ocupar las mismas
fincas por años; era más fácil conocer a tus vecinos. De ahí que cuando
llevabas un nuevo amigo a casa, tus padres te hacían sonrojar al preguntarles:
¿y quiénes son tus papás?
Desde la capital potosina casi todo queda
cerca. Ese “todo” englobaba la casa de mis abuelos en San Miguel o la de mis
primos favoritos en Ciudad de México. Mi padre presumía que con sólo
desplazarse en automóvil un par de horas, estarías en la capital de algún
estado vecino: Guanajuato, Querétaro, Michoacán, Aguascalientes o Zacatecas.
Casi cierto, era una exageración pues había que detenerse varias veces en el
trayecto. Había que hacer pis o a mi papá se les antojaba la barbacoa de tal o
cual lugar. El viaje se alargaba.
Ni qué decir de la forma de hablar, casi sin
tonadita ni modismos. Escuchar gente de Tabasco (el taxista del Sitio
Tequisquiapan), de Durango (la cuñada de mi tía) o de Veracruz (un niño que
soltaba leperadas sin ton ni son cuando jugaba al fut), era todo un reto. No
sabía de cachorones, de trocas ni de mairos; tampoco de moyotes, morochas ni
anauaos. La riqueza de la lengua Española en todo su esplendor la conocí
después. Qué maravilla estar en el centro de todo, hasta de los modismos.
Sí, considero un privilegio vivir en el centro
del país.

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