Érica Garay: Privilegio

 

Nací y crecí en el centro del país. Aquí son comunes las hermosas iglesias de cantera y las arquerías que mitigan el brillante sol. Puedes recorrer calles adoquinadas o empedradas, jugar en los kioskos de los jardines públicos, visitar la Plaza de Armas con un algodón de azúcar en mano, estudiar en universidades públicas de gran calidad y, no menos importante, disfrutar del clima templado que solía ser normal en casi toda la región. Ése era el paisaje urbano, mi entorno particular. La primera vez que visité una ciudad con distintas características, me pareció que San Miguel de Allende y San Luis Potosí eran muchísimo más bonitas. Lo sigo pensando.

 

Cuando llegamos a la capital potosina, migrantes obligados por el trabajo de mi padre, la ciudad apenas tenía 100, 000 habitantes. No éramos tantos como ahora y las familias solían ocupar las mismas fincas por años; era más fácil conocer a tus vecinos. De ahí que cuando llevabas un nuevo amigo a casa, tus padres te hacían sonrojar al preguntarles: ¿y quiénes son tus papás?

 

Desde la capital potosina casi todo queda cerca. Ese “todo” englobaba la casa de mis abuelos en San Miguel o la de mis primos favoritos en Ciudad de México. Mi padre presumía que con sólo desplazarse en automóvil un par de horas, estarías en la capital de algún estado vecino: Guanajuato, Querétaro, Michoacán, Aguascalientes o Zacatecas. Casi cierto, era una exageración pues había que detenerse varias veces en el trayecto. Había que hacer pis o a mi papá se les antojaba la barbacoa de tal o cual lugar. El viaje se alargaba.

 

Ni qué decir de la forma de hablar, casi sin tonadita ni modismos. Escuchar gente de Tabasco (el taxista del Sitio Tequisquiapan), de Durango (la cuñada de mi tía) o de Veracruz (un niño que soltaba leperadas sin ton ni son cuando jugaba al fut), era todo un reto. No sabía de cachorones, de trocas ni de mairos; tampoco de moyotes, morochas ni anauaos. La riqueza de la lengua Española en todo su esplendor la conocí después. Qué maravilla estar en el centro de todo, hasta de los modismos.

 

Sí, considero un privilegio vivir en el centro del país.





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