Entre cambios y mudanzas
Érica Garay
Fui la primera, le brindé un hogar.
Eran seis chamacos y sus padres jóvenes e
inexpertos, a mí llegó pequeñita. Cada habitación brindó calor y cobijo a la
familia, cada una de mis ventanas dejó pasar luz que iluminó sus rostros
inocentes. Me sentí llena de vida, alborotaban desde el amanecer. Sus correteos
en el patio enladrillado y los brincos alrededor del estanque eran aterradores.
Me hubiera gustado hablarles y decir que era yo quien acariciaba su carita con
la gasa de las cortinas o las hojas del helecho. Sentados a la mesa, ésa tan grande
del comedor, mientras su madre repartía leche, pan, nata, armaban mucho
alboroto. ¡Qué bulla!
Cuando se fueron, nunca volví a ser la misma.
La picota se encargó de mí, soy sólo ruinas.
Un sitio de cambio, yo, la segunda.
El primer día fue inolvidable. Jaleo entre el
padre y los hombres encargados del traslado de los muebles y los gritos de los
niños al elegir sus espacios: éste es mío, éste también. No imaginé cuánto
llegaría a quererlos. Al paso del tiempo los vi cambiar, mis críos se hicieron
adolescentes, luego hombres y mujeres. A mi amparo entendieron qué es crecer:
su primer trabajo, su primer amor, su primer desengaño. ¿No es eso la vida?
Se fueron marchando de a uno. Ahora estoy casi
sola, mi tiempo acaba, polvo y silencio quedarán de las historias que
resguardo.
Soy la de ahora, la séptima.
Soy luz y soy color blanco, soy paz y soy flor
de azahar; a veces en silencio, a veces con estridencias. Para ella, soy
compañía y soledad. Sus pasos lo llenan todo, al igual que los olores de sus
guisos (cuando quiere cocinar). Para ambas llegó el estío.
¿Y qué depara el mañana? El tiempo nos lo dirá.
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