La casa esfumada
María Esperanza Guerra
No, no me he esfumado, quiénes pregonan mi
extinción, están en un error. Es cierto que viví plantada en un terreno de
quinientos metros cuadrados, estilo colonial californiano, rodeada de un jardín
arbolado y coloridas flores en primavera. Al frente un gran portón y la reja de
fierro forjado, mi puerta principal de caoba tallada, adornos de cantera en la
fachada y dos balcones en el segundo piso que daban a la calle. A veces algún
enamorado se acercaba a tráele gallo a una de las cinco muchachas que me
habilitaban, junto con tres hermanos, los papás, una abuela y una linda tía
cuentacuentos que nunca se casó. Entre semana me recorría una algarabía, subían
y bajaban y se cruzaban en mi enorme escalera de caracol con peldaños en piedra
pintados de arcoíris por la luz filtrada de los enormes vitrales, y un barandal
señorial de fierro forjado. Los deberes se distribuían en mi costurero y mi
cocina, según preferencias y habilidades. A la abuela le encantaba hacer
chorizos, le recordaba el gusto que les tenía su difunto esposo. Combinaba
carne de cerdo, ajo, pimentón, sal y demás especias, mi espacio se inundaba de
olores, luego, cuando los retacaba en la tripa de cerdo y amarraba, se los
llevaba a madurar colgados a mi sótano, ahí entraba luz y ventilación por unas
pequeñas ventanitas que daban al ras del piso del patio trasero, había que
bajar ¡ah caray! Ya no recuerdo cuantos escalones, creo que a mí también se me
olvidan las cosas, nadie más visitaba mi sótano y es que hospedaba a muchas
arañas y había que entrar con una escoba al aire para hacer a un lado los
columpios de telarañas cual parque de diversiones para seres de ocho patas.

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