Lourdes Olivia Vallejo Loredo: ¿Testigo o escenario?

 

¿Testigo o escenario?

 

Lourdes Olivia Vallejo Loredo

 

Amanece. Los primeros rayos se perfilan al alba, la luz del amor comienza a cubrirlo todo, mi estructura se ilumina poco a poco, dibujándose, encendiendo de manera muy suave, los colores de este rostro mío, que es la máscara o el vestido que muestro al exterior. Mis ojos reflejan los tonos dorados, rojos y azules del alba al despuntar. Es como si renaciera cada mañana, para mostrar en ellos, los diferentes matices de el tiempo que transcurre.

 El maravilloso sol, conforme pasan las horas, me abraza recorriendo en su trayecto, uno a uno, todos los rincones de mi ser, colándose con sus rayos en cada recoveco, iluminándolo de diferentes formas, intensidades y reflejos, mostrándome las diversas facetas de mis emociones más íntimas. Vida que se forja en cimientos fuertes. Recibo cada día, abriendo las puertas a la felicidad de ser, estar, entregar cobijo a quién lo necesite.

 Muchas tardes disfruto de las tertulias familiares, algunas otras, la calma me acompaña, ¡Hasta que llega la noche, cubriéndome con su manto de estrellas! ¡Me engalano de luces, y a veces de fiesta! Para mas tarde, cuando todos duermen, al quedar en la penumbra, mientras la luna llena marca mi silueta en el horizonte, vigilo su descanso.

 Luego, en el más completo silencio, es cuando entonces busco comunicarme con ellos, mi voz es apagada, tronidos y crujidos aislados, apenas audibles, expresan mi sentir, entrelazándose con sus sueños. En la madrugada, la calma me abruma, duermo también, tan profundo que pareciera que muriera, o quizá, como la crisálida, entrara en un estado latente de letargo, para volver a renacer de nuevo, resucitando con la aurora.

 En primavera y verano, flores de colores fulgurantes, muestran mi mejor sonrisa a los transeúntes, y un poco de sombra fresca a quienes me habitan, llega el otoño acariciándome en un remanso de brisa, o sacudiéndome, con viento, agua, tornados y tempestades… lavando, liberando, purificando, sanando, dejando espacio a lo nuevo, para luego entrar en la quietud del invierno, re-encendiendo el fuego del corazón, alumbrando con su resplandor, nuestros momentos de reposo e introspección.

 Los años han transcurrido, y aunque ahora muestro los signos del irremediable paso del tiempo, me siento como el primer día en el que llegué a este mundo, existiendo siempre en momento presente, atenta, observando lo que me rodea, aprendiendo lo más posible, decidida a ser feliz, aún después de que mi vida útil termine, creo que siempre tendré algo que aportar.

 El carácter que me distingue, se ha forjado como resultado de las emociones de aquellos que han habitado en mi corazón, he sido el silencioso testigo de sus rutinas, alegrías, momentos de júbilo, gozo, penas, así como rivalidades, pensamientos constantes y repetitivos, positivos o negativos. Conozco todos sus secretos, ¡A veces tan desgarradores, que me impactan! Plasmándose en mis muros y ¡algunos son tan intensos, que brotan resquebrajando mi interior! ¡Mostrándoles que sufro también! ¡Fundiéndome en ellos!, ¡Entretejiéndonos, compartiendo nuestras pasiones, alegrías, amores, dolores, tristezas y deseos! Sin embargo, puedo decir que cada área de mi ser, ha sido bendecida con su presencia, pues esta que soy, se ha nutrido enriqueciéndose, cada vez más, con el reflejo de sus sentimientos, experiencias, encuentros y desencuentros.

 No ha sido fácil, sin embargo, me considero el centro de unión, ese refugio amoroso, cálido que los cubre, acoge abrazándolos siempre con su protección.

 Los miembros de esta familia entrarán y saldrán, de manera constante; arribando nuevos integrantes, que, tarde o temprano, buscarán otros horizontes. Seré su madre adoptiva, y los acogeré en mi seno, hasta que, cuando mis brazos ya no puedan arroparlos, se irán definitivamente, dejándome envuelta en la soledad aparente; sin embargo, habré cumplido la misión para la que fui creada y ellos siempre habitarán en mi corazón, así como yo en el suyo, pasaré a formar parte del recuerdo de esos maravillosos días de reunión familiar; un día habré desaparecido, quedarán solo las ruinas de mi ropaje, llevándome la tranquilidad de haber entregando lo mejor.

 Aquí estoy ahora, bien plantada, con cimientos fuertes a pesar de todo. Soy mucho más que una estructura o un lugar, soy el eterno testigo y al mismo tiempo escenario de lo que tú quieras crear. Estoy lista para recibirte, protegerte y entregarte mi amor desinteresado, que es lo mejor de mi, volviéndome un remanso de paz para ti y los que arriben. Permanezco a pesar de lo que pueda acontecer, digna, amorosa, pacífica, cimentada, viviendo en el presente, en completa paz y verdadera unidad.





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