Érica Garay: Vereda particular

 

Avanza despacio. Quiere llegar a la cima y continúa a pesar de sí mismo. Ya nadie tiene prisa y menos él. Lo que le ocupa es no caer al abismo que bordea el estrecho por donde avanza, a veces a trompicones. Y es que abajo todo es oscuridad. Le asusta pensar en la caída, pero le aterra lo que pueda encontrar allá, entre las sombras. Nunca saldría de ahí.

 

En su alforja lleva poco. Todo lo que pesa es difícil de cargar. Ya dejó mucho en el camino, a veces por voluntad propia, a veces porque alguien se lo arrebató. Trae a cuestas un peso más ligero. Casi nunca echa de menos lo perdido, aunque a veces lo cubre la melancolía y se conduele. Algunas cosas las acarreaba desde niño. Le aflige haberlas cargado inútilmente, pero también le entristece que se alejaran junto con su inocencia. Tal vez no necesite dejar más y llegue al final sin nuevas pérdidas.

 

Empieza a cansarse. Intuye que ya recorrió casi todo el camino. Reconoce el paso de los años cuando se observa en el reflejo de las charcas. Marcas profundas no sólo en la piel. Las cicatrices a veces no se notan. Su paso es menos firme; sus huellas, menos nítidas. Ahora se apuntala en lo que sabe para no volver a tropezar, pero a veces tropieza. Y cae. Aún le quedan leguas por andar, no sabe cuántas.

 

Su esperanza reside en que tal vez, y sólo tal vez, algún día llegará casi entero a la cumbre.





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