Avanza despacio. Quiere llegar a la cima y
continúa a pesar de sí mismo. Ya nadie tiene prisa y menos él. Lo que le ocupa
es no caer al abismo que bordea el estrecho por donde avanza, a veces a
trompicones. Y es que abajo todo es oscuridad. Le asusta pensar en la caída,
pero le aterra lo que pueda encontrar allá, entre las sombras. Nunca saldría de
ahí.
En su alforja lleva poco. Todo lo que pesa es
difícil de cargar. Ya dejó mucho en el camino, a veces por voluntad propia, a
veces porque alguien se lo arrebató. Trae a cuestas un peso más ligero. Casi
nunca echa de menos lo perdido, aunque a veces lo cubre la melancolía y se
conduele. Algunas cosas las acarreaba desde niño. Le aflige haberlas cargado
inútilmente, pero también le entristece que se alejaran junto con su inocencia.
Tal vez no necesite dejar más y llegue al final sin nuevas pérdidas.
Empieza a cansarse. Intuye que ya recorrió casi
todo el camino. Reconoce el paso de los años cuando se observa en el reflejo de
las charcas. Marcas profundas no sólo en la piel. Las cicatrices a veces no se
notan. Su paso es menos firme; sus huellas, menos nítidas. Ahora se apuntala en
lo que sabe para no volver a tropezar, pero a veces tropieza. Y cae. Aún le
quedan leguas por andar, no sabe cuántas.
Su esperanza reside en que tal vez, y sólo tal
vez, algún día llegará casi entero a la cumbre.

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