Nací en un pueblo chico infierno grande donde
todo lo secreto es público. Infierno le viene bien por el clima de prejuicios
que sofocan, así como las altas temperaturas de todo tipo.
De los relieves de mi memoria esta vez sobre
sale la parte de mi infancia donde pasaba los asuetos que por cierto eran
bastante largos y frecuentes.
Me llamo Frine, nombre que me viene de una
bella tía paterna que partió joven y siempre está en mí. Estuve rodeada de las
mujeres de mi familia materna y por consiguiente de sus vástagos pues así lo
dispuso mi madre. Eran un melodrama en todo sentido, de un carácter un tanto
intransigente y autoritario que les venía en los genes. Genes que por un tiempo
me arrollaron. Mi padre y los de mis primos estaban, pero no estaban.
Siempre levante una barricada para resguardo de
toda la lluvia de desventuras a causa de las fechorías que irrespetan la
autoridad de los adultos. Siempre tomada de la mano de mi aliada mi cómplice,
en suma; mi mejor prima.
Me sentía equilibrista al escuchar tras
bambalinas los oscuros secretos, rumores del pueblo y el arte de la mentira amable,
amoríos clandestinos en donde había que lavar la” honra” y el “honor” de la
familia como caiques de ¿aquellos tiempos ya idos? a veces salía indemne de
dicho entretenimiento, pero en otras se me aparecía el diablo vestido de sermón
y escarmiento. Ahí aprendí la sordidez de los secretos de familia, palidecieron
las estrellas.
Entonces junto a mi cómplice me dio por matar
hormigas, algún otro animal. La parte en la que me afanaba era cavar profundo
seguido de un gran montículo. Solo trataba de esconder los secretos de familia
bajo tierra y asirme al sentido de pertenencia.
En cuanto caía la tarde presurosa acudía al
panteón y buscaba lapidas que arrolladas por el tiempo tuvieran a bien darme un
legajo de confidencias. Comprendí que todas las familias estaban envueltas en
sombras, tenia que hacer acopio de armas en defensa de los míos.
No juzgo, no puedo dejar de largo los tiempos y
el contexto de este retazo de infancia.

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