Desde lo alto de un puente veía pasar el tren.
Lo naranja del cielo acariciaba el andar de los vagones, y no podía mirar el
fin; en esa sensación de infinito que me invadía el cuerpo, te dibujé. Leías
como cada día en el sofá, los colores en el cielo eran la hora ideal. Pedí el
deseo del día con la esperanza de que, por la noche, escucharas el paso del
tren y supieras que en él, iba toda mi fe en que te volvería a ver. Mi deseo
lleno de besos, deseo de besarte, besarte por deseo. Desear que leas mis deseos.
Un beso infinito, como el tren en el que duerme el sol.

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