¿Han visto lo hermoso que es un panteón antiguo
a las siete de la mañana? Justo cuando la brisa fría caer del cielo y el mundo aún
es de color gris. Está lleno de silencio y de ojos curiosos de mármol. Hay
maleza descuidada y algunas tumbas se encuentran abiertas; hay nichos que han
olvidado quién durmió en ellos. Hay soledad infinita, pero nada más solitario
que la fosa común.
A través de la roca, – y sí tu cara siente la
tierra – pueden verse los huesos empalmados. ¿Quiénes son esas personas? ¿De
quién era ese fémur? ¿Alguna vez alguien lo cuidó? Una científica de años
atrás, decía que la existencia de una civilización se puede reflejar en los
fémures: Si un fémur se fractura y sana, podemos suponer que alguien lo cuidó,
lo alimentó y lo protegió mientras volvía a unirse. Pero ahí, en la oscuridad
de la fosa, ¿quién lo cuida?, y sobre todo, ¿Quién lo abandonó?
Se ve que hay un cráneo, –armadura de
pensamientos– cotizado por quienes se dedican a la ciencia y también por los
que prefieren dañar con brujería. Es sorprendente lo valioso qué puede ser para
otros aquello que, en nuestros momentos más autodestructivos y crueles, deseamos
romper. ¿Qué nos enseña un panteón antiguo a las siete de la mañana? ¿De la
vida o de la muerte? Pienso que ambas, de lo solitaria que puede ser la vida, y
lo acompañados que podemos estar en una fosa común.

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