Miriam Martínez: Paradoja

 

¿Han visto lo hermoso que es un panteón antiguo a las siete de la mañana? Justo cuando la brisa fría caer del cielo y el mundo aún es de color gris. Está lleno de silencio y de ojos curiosos de mármol. Hay maleza descuidada y algunas tumbas se encuentran abiertas; hay nichos que han olvidado quién durmió en ellos. Hay soledad infinita, pero nada más solitario que la fosa común.

 

A través de la roca, – y sí tu cara siente la tierra – pueden verse los huesos empalmados. ¿Quiénes son esas personas? ¿De quién era ese fémur? ¿Alguna vez alguien lo cuidó? Una científica de años atrás, decía que la existencia de una civilización se puede reflejar en los fémures: Si un fémur se fractura y sana, podemos suponer que alguien lo cuidó, lo alimentó y lo protegió mientras volvía a unirse. Pero ahí, en la oscuridad de la fosa, ¿quién lo cuida?, y sobre todo, ¿Quién lo abandonó?

 

Se ve que hay un cráneo, –armadura de pensamientos– cotizado por quienes se dedican a la ciencia y también por los que prefieren dañar con brujería. Es sorprendente lo valioso qué puede ser para otros aquello que, en nuestros momentos más autodestructivos y crueles, deseamos romper. ¿Qué nos enseña un panteón antiguo a las siete de la mañana? ¿De la vida o de la muerte? Pienso que ambas, de lo solitaria que puede ser la vida, y lo acompañados que podemos estar en una fosa común.





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