Epitafio
María Rico
Ve las fotografías, las compara con
minuciosidad, veinticinco años de diferencia; se notan en la calidad de las
fotos, en los pixeles; la primera tomada por una cámara kodak 110 de rollo, que
mandó revelar al regreso de Oaxaca, la actual, capturada por el celular hace
dos semanas en su segunda visita a ese estado. En las dos aparece posando,
recargada en el barandal que protege al Árbol del Tule. No pudo evitar
agitarse, los recuerdos saturan su mente y saltan en el tiempo, sin embargo,
siente un dejo de satisfacción y de orgullo, entre el disparo de la cámara y el
click del celular logró cambiar radicalmente su vida.
En su mente, en su corazón, el
eterno agradecimiento para su amigo, siempre a su lado, apoyándola, haciendo de
espejo para que pudiera verse atada por sus propias cuerdas, con el esparadrapo
en la boca que a voluntad se colocaba, le decía que no había carceleros ni
verdugos, que puertas y ventanas se abrían a voluntad, a su voluntad, trataba
de convencerla, sin éxito, que era una mujer inteligente, valiosa, merecedora
de recibir lo bueno que la vida le daba. Este proceso más terapéutico que
amistoso llevaba ya un largo tiempo. Una noche conversando en el café de
siempre notó que por primera vez su amigo perdió la paciencia, se quedó callado
viendo la taza para luego decir: estoy imaginando que dirá tu epitafio “Aquí
yace la mujer que nunca se valoró y murió haciendo lo que los demás decidieron”
la frase conforme él la pronunciaba se iba tatuando en su hipocampo”, la rabia
la envolvió, no atinaba si era contra ella o contra su amigo, extraños hilillos
recorrieron su cuerpo de pies a cabeza causándole una sensación muy molesta,
sentía como si la estuvieran lavando por dentro, restregando cada espacio de su
cuerpo con un cepillo de cerdas metálicas y saliera la mugre por los poros y
por ahí mismo brotara a borbotones la rebeldía que había estado dormida hasta
ese momento. Definitivamente no, no quería ese epitafio.
¡Abracadabra!
Esa noche empezó la metamorfosis,
subió incontables escalones de todo tipo de escaleras dejando embarrados en los
peldaños: miedos, rencores, dependencias, relaciones raídas, pedacitos de piel
vieja. A veces creía que había dejado atrás su desmerecimiento, pero todavía no
era del todo cierto, tuvo recaídas en donde recogía la dependencia que había
desechado y suplicaba nuevamente amor, atenciones, o aceptaba relaciones
machistas, dominantes, pero ahora, casi de inmediato se daba cuenta y
rectificaba y se volvía a poner por delante, así una vez y otra, hasta que
logró el dominio, hasta que su amor propio se impuso frente a cualquier deseo
ajeno. Alguien la llamó feminista, otros; egoísta, ella se nombró simplemente
“Mujer libre con alas”.
Por supuesto que las fotos
reflejaban con exactitud a una mujer en dos versiones totalmente distintas,
posando frente al Árbol del Tule. Miró otra vez el celular y sonrió, su rostro
y el del árbol reflejaban satisfacción.